miércoles, 22 de noviembre de 2017

Ratko Mladic: se ha hecho Justicia

Lo escribí en estas mismas páginas el 4 de junio de 2011. Hace más de 6 años. La justicia es lenta, pero llega. En aquellos días estaba emocionado por la captura y entrega de este asesino a un tribunal independiente internacional para que fuera juzgado. Hoy todos los medios de comunicación dan cuenta de la condena que le ha impuesto el tribunal penal internacional por todos los execrables crímenes que cometió (bueno, por casi todos, porque de alguno se ha librado).

Entre otros medios, el diario El País trae hoy en portada que Ratko Mladic, exgeneral del Ejército serbobosnio en la República Serbia, durante el conflicto de los Balcanes, ha sido condenado por el Tribunal Penal Internacional a la pena de cadena perpetua por el genocidio de Srebrenica y por crímenes de guerra y contra la humanidad. En particular, los crímenes tuvieron lugar en el sitio de Sarajevo y fueron cometidos durante la guerra de Bosnia. 

Por fin, 24 años después de la masacre se ha hecho justicia. Este carnicero permanecerá encerrado el resto de su vida.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El profesor falangista

Con el traslado de la vivienda habitual, mi madre decidió también cambiarme de colegio, matriculándome en una escuela más cerca de casa. Este cambio me ahorraba hacer seis kilómetros diarios, tres de ida y otros tres de vuelta, que era la distancia que separaba mi antiguo colegio de mi nueva casa. Yo tenía siete años y empezaba a estudiar segundo de primaria. Debo anticipar que por causas que no vienen al caso contar, no duré mucho tiempo en esta escuela. El cambio para mí no fue nada gratificante. A pesar de que debía recorrer todos los días unos cuantos kilómetros, lloviese, nevase o hiciera calor, a mí me gustaba mucho más mi antiguo colegio. Para empezar era mixto, convivíamos niños y niñas, no como en este nuevo que a los chicos de las chicas no sólo nos separaba un enorme muro de ladrillo, sino una pléyade de maestros vigilantes que impedían cualquier intento de contacto ni siquiera visual. Niños y niñas entrábamos por puertas distintas, jugábamos en patios distintos y nos estaba prohibido coincidir en los juegos a la hora del recreo.

Una de las novedades respecto al antiguo colegio era que ahora tenía un profesor de gimnasia. Quiero decir un profesor cuya única función era impartir la asignatura de educación física. Este individuo nos sometía a una ridícula disciplina que nos obligaba a guardar un riguroso silencio mientras desfilábamos ordenadamente. Nos proponía una tabla no menos ridícula de ejercicios físicos del estilo que aparecen en muchas ocasiones en las imágenes de televisión de la época. Brazos arriba, brazos abajo, un saltito y a desfilar guardando militarmente la distancia. Allí vi por primera vez una vara de madera con la que este "educador" imponía la disciplina. Yo nunca la probé; pero doy fe de la habilidad y destreza que exhibía el profesor en su manejo. De igual manera que todavía tengo el recuerdo de la cara de dolor de algún compañero que sufrió el castigo por no atender a sus indicaciones.

Después de la primera evaluación, mi madre, muy a su pesar, pero con muy buen criterio decidió poner fin a mi estancia allí y devolverme a mi antiguo colegio. Recuerdo cuando mi madre con mucha extrañeza me comentaba que cuando fue a ver al director para pedirle mi cartilla de escolaridad para solicitar mi traslado a mitad del  curso, el director no le hizo ninguna pregunta, no quiso saber las razones de tal petición y se limitó a facilitarle la cartilla y firmar el traslado sin ninguna observación. !Allá con los pobrecillos que se quedaron allí¡

Tan solo habían transcurrido dos años, es decir, yo ya tenía nueve y me empeñé en convencer a mi madre para que solicitase una plaza para asistir a un campamento de verano de la OJE (la asociación juvenil de Franco). A mi madre no le entusiasmaba la idea e intentó en varias ocasiones quitármela de la cabeza. A ella lo que realmente le preocupaba era el desembolso económico que debía hacer en nueva ropa, acorde con las normas del campamento. Aun así solicitó la plaza que inmediatamente vino denegada. Ni mi padre ni mi madre eran militantes de falange, ni ninguno de mis hermanos ni yo estábamos afiliados a la OJE, de manera que en la cola éramos los últimos de la fila. Cuando llegó mi nombre ya no había plazas. Mi premio de consolación para ese verano fueron las "colonias" en un pueblecito gallego llamado Burela.

Para mi familia esta actividad era mucho menos onerosa: sólo debía comprarme una camiseta con rayas horizontales de color azul. Una prenda que podría reutilizar el resto del verano.

Cuando llegué a Burela nos alojaron en una sala muy grande en la que había no menos de cincuenta literas de dos camas cada una. Era un espacio diáfano en el que no había absolutamente nada. Sólo las literas para dormir por la noche y por la tarde, puesto que después de comer, la hora de la siesta era obligatoria. En Burela me encontré nuevamente con el viejo profesor de gimnasia. Las colonias, cómo no, eran solo para niños y, a pesar de estar ya en el año 1972, el profesor de gimnasia reconvertido para la ocasión en cuidador mantenía los viejos usos. Un consejo que corría entre las literas: mantenerse lo más alejado posible del individuo.

Entre nueve y diez años teníamos todos los niños, pero ya a esa edad buscábamos la mirada cómplice de las niñas del lugar, tanto en la playa como en las calles del pueblo cuando se nos permitía pasear. Un día "durmiendo" la siesta, pude oír con claridad cómo otro compañero llamaba "hija de puta" a una niña que paseaba delante de nuestra ventana y solo unos instantes después oí como entraba en la enorme sala como un vendaval, muy furioso, el profesor-cuidador de gimnasia, que había captado la soez expresión desde la habitación contigua. Nos puso en fila y nos exigió que delatáramos al infractor: ninguno lo hicimos. Ante esa situación se dirigió a mí y me pidió que identificara al compañero que había proferido los insultos. Ante mi negativa me imputó los hechos y me hizo acreedor del castigo. Sin entrar en detalles, aquella tarde me perdí el paseo, las horas de playa y debí entregar unas hojas con una frase copiada mil veces que decía NO DEBO INSULTAR A LAS NIÑAS NI DECIR PALABROTAS. Aquella tarde sí probé la vara, pero también fui consciente del aprecio que suscité en el resto de mis compañeros y de las cuidadoras que se quedaron conmigo, que  a esas alturas ya eran plenamente conocedoras de que yo no había sido.

Mi vida siguió girando. Mi madre siguió abriéndome nuevos caminos a mi futuro. Me envió a continuar estudios a Valencia, en régimen de internado, y después a Ourense y más tarde de nuevo a Ponferrada para concluir los estudios de bachillerato. 

Recién estrenada la mayoría de edad asumí un cargo de responsabilidad en el Ayuntamiento de Ponferrada. Me asignaron la tarea de organizar los Juegos Escolares en los que participaban todos los colegios de la ciudad. Mis compañeros de concejalía me hicieron una severa advertencia. Me dijeron: "cuando convoques a los profesores de gimnasia para establecer la programación y coordinar las actividades, debes tener cuidado especialmente con un profesor de la falange, porque no deja de enredar".

En la primera reunión que convoqué en el Ayuntamiento con la finalidad descrita, los funcionarios y compañeros de corporación que me acompañaban al acto me señalaron al falangista con el que debía tener cuidado. Después de la presentación fue el primero en levantar la mano y el primero en pedir la palabra. Hizo unas observaciones críticas a la organización propuesta y señaló su disconformidad con la actividad. Después de su larga y tediosa intervención, hice un prolongado silencio y dirigiéndome a él, ante el asombro del resto de profesores, le dije muy despacio, "TÚ AQUÍ NO VUELVAS A ABRIR LA BOCA".

Al finalizar la reunión, pulsé el ambiente. Ninguno de los profesores asistentes aprobaba mis palabras ni estaba muy satisfecho con la contestación. Tampoco nadie se imaginaba las razones. Algunos achacaban mi mal tono a la excesiva juventud. El afectado, rehuyéndome, iba de corrillo en corrillo preguntando el colegio en el que había estudiado y si él me había dado clase. Unánimemente le decían que imposible, porque sabían de buena tinta que estudié primaria en Valencia e inicié el bachillerato en Ourense.

Mi ego y mi satisfacción subieron hasta el infinito cuando al finalizar el acto varios profesores se acercaron para hacerme dos observaciones. La primera, que después de padecer a este individuo durante muchos años en reuniones similares, era la primera ocasión en la que no se atrevió a  continuar con sus acaloradas diatribas y ni siquiera a replicar, ante la contundencia de mis palabras. Algo, hasta entonces, para ellos inimaginable. Y la segunda observación fue que por fin alguien se había atrevido a poner en su sitio a este energúmeno.

No lo volví a ver jamás: hubo compañeros que me dijeron que mientras yo estuviera al frente de la actividad él no iba a aparecer. No sé si eso sería cierto. Lo que hoy me apena, y me lleva a realizar esta reflexión, es la deriva que 45 años después de mi primer encuentro con él ha tomado aquel colegio. Lamentablemente ha formado parte de los titulares de prensa por la lamentable situación en la que se encuentra, convertido en un auténtico gueto, hasta plantearse las autoridades la posibilidad de cerrarlo para acabar definitivamente con el problema. Y yo me pregunto qué responsabilidad tendrán los padres y los profesores por los silencios cómplices durante tantísimos años. Yo supe lo que era Franco, el franquismo y la falange un día de hace 45 años en Burela.

miércoles, 6 de abril de 2016

Mis vecinos gitanos

Merece la pena romper el silencio para contarlo. Hace más de 20 años, frente a mi oficina, ubicada en un entorno cómodo y agradable, a pocos metros, al otro lado del recinto, separados sólo por una vaya, varias familias de etnia gitana habitaban en unas miserables viviendas de apariencia poco higiénica.

Los niños atravesaban todos los días de muy mala gana el recinto para ir a la escuela. En realidad utilizaban el camino que les servía de atajo.

Los primeros años, la convivencia que nos obligaba la vecindad tuvo sus más y sus menos. En una ocasión clavaron una punta en la carrocería de mi vehículo. En otra uno de los niños, mientras yo hablaba con su padre, se colgó del retrovisor provocando su rotura. Salvo pequeños detalles, nos tolerábamos bastante bien.

Era habitual que las madres y también los padres llamaran a la puerta de nuestra oficina para pedir ayuda. En una ocasión una mujer traía en brazos a un bebé de escasos meses con síntomas claros de fiebre. Nos pedía dinero para pagar un taxi para trasladar a su hijo al centro de salud. "Pero si el centro de salud está aquí alado", le repliqué, y la buena mujer me corrigió: "No, el centro de salud que nos corresponde a los gitanos está en la otra punta". Llamamos a un taxista y le adelantamos mil pesetas para pagar la carrera.

Sobre todos los niños recuerdo especialmente a dos: a Saul, apenas un bebé de la edad de mi hijo. Y sobre todo a Pili, una niña de cuerpo menudo y flaco que acompañaba todos los días a sus hermanos y niños vecinos a la escuela. Prácticamente sólo les acompañaba, puesto que en cuanto llegaba al centro se daba la vuelta, hacía pellas. La Directora del Centro propuso su expulsión por la falta de asistencia a clase. Me lo dijo la madre. ¿Expulsión de un niño de una escuela? Eso no es posible, pensé. Fui a hablar con la directora y me contó que la asistencia era obligatoria para recibir la financiación para el comedor y para el material escolar. Ella debía certificar la asistencia para que fueran acreedores de la ayuda (cosa que no podía hacer). La falta de esa certificación privaba a la niña de esos dos "privilegios": comer y estudiar. Siempre me pareció importante inclinarse por los libros, hasta tal punto que como a Lorca, prefiero sólo medio pan, pero a cambio pido un libro. Se lo dije a la directora. Si quieren que le den solo medio pan; pero al fin y al cabo pan, que por nada del mundo se lo quiten. Le conté cómo era habitual que la madre de la niña nos engañara con pequeñas argucias, como aquella recurrente de mandar a la niña al supermercado a comprar alimentos básicos por un valor aproximado de cien pesetas y llevar sólo cincuenta, con la finalidad de que la dependienta se apiadase de ella y le permitiese sacar todos los productos. O, en todo caso, la niña debería elegir entre dejar la leche o el pan. "Muy mal hace usted", me recriminó la cajera cuando me ofrecí la primera vez a pagar la diferencia. "La madre sabe perfectamente lo que cuestan estos productos y manda a la niña con menos dinero". Ya, repuse, pero le aseguro que yo me siento mejor aportando la diferencia que ayudando a la niña a decidir qué producto dejar.

Pasaba el tiempo y ajustamos la convivencia a nuestros usos. Sin pedirlo, sin proponérnoslo y sin mencionarlo acordamos un pacto de no agresión. Por eso, cuando el sacerdote del convento de monjas de enfrente vino a verme con su vieja sotana para que intercediera ante la Diputación Provincial para que expulsaran a los gitanos de sus viviendas, no sin poca sorna le pregunté a qué gitanos se refería. Y cuando me señaló a nuestros vecinos, de repente se me borraron de la memoria los episodios que sufrió mi primer coche, pagado a plazos, gracias a las facilidades dadas por un tío de mi mujer. A mí no me molesta ningún gitano, le espeté y menos los vecinos.

Pili se encontraba todos los días con otro chico en la entrada de mi oficina cuya puerta es de cristal oscuro. Yo podía verles perfectamente. La niña tenía 12 años. Era una niña que buscaba un rincón discreto para acariciarse con aquel chico, gitano y vecino suyo, que a mí me intimidaba por el aspecto que llevaba y sobretodo por un perro que siempre le acompañaba. Lo hacía en aquellos ratos que quedaba libre de la obligación de cuidar y acompañar a sus hermanos menores. Un día la madre de Pili me dijo que la niña con 12 años se casaba. No sé por qué pero me dio mucha pena. Me vino a la memoria una escena desagradable que presencié. El gitano que aparcó la furgoneta a la entrada del parque en el que tengo la oficina, desalojó bruscamente a su pareja del asiento de copiloto y la emprendió a golpes con ella. El conductor que estaba inmediatamente detrás se apeó para intentar impedirlo. En ese momento el gitano la emprendió con este buen hombre, momento en el que aprovechó la joven mujer para poner tierra por medio. Como yo también baje del vehículo para impedir la agresión me retó y yo viendo que estaba a salvo la mujer decidí callarme y meterme nuevamente en el coche y esperar a que despejase la salida el hombre que me precedía y que desde luego se llevó la peor parte (tanto él como su vehículo). Ahora pensaba en la suerte que correría en su matrimonio esta niña.

El padre y la madre de Saul me pidieron ayuda en numerosas ocasiones. No siempre les asistí. Pero un día intercedí por él para facilitarle un trabajo con el que poder alimentar a su familia y cuando lo despidieron, injustamente, me ofrecí a su abogada de oficio para testificar a su favor contra la empresa. El asunto se resolvió favorablemente para él, hasta que al cabo de cuatro o cinco años el despido se hizo irreversible y definitivo y yo ya no pude hacer nada para evitarlo. En aquellos días me hice acreedor involuntario del título de "jefe".

Podría contar muchas más anécdotas, algunas muy tristes, como el día que los desalojaron de su casa sin que ellos opusieran resistencia. Cuando visité el estado de las viviendas nunca hubiera imaginado en qué condiciones habían vivido. Y otras graciosas como cuando al cabo del tiempo, paradojas del destino, nuestros hijos coincidieron en el mismo colegio y el suyo mordió en el moflete al mío y la madre muy enfadada lo reprendió severamente: "!pero cómo muerdes a ese niño, no ves que es el hijo del jefe¡".

Después de tantos años, ayer recibí la visita de Ernestino, el padre de Saúl, al que reconocí inmediatamente. Quería pedirme que intercediera por él en una oferta de trabajo a la que le habían convocado. Lo hice. Le pregunté por las cosas de la vida. Me dijo que era abuelo de una nieta de meses y me prometió visitarme hoy con su hijo, su nieta y su nuera. Ya debo adelantar que no lo hizo; pero hoy, a las 10 de la mañana, en la misma puerta de cristal de mi oficina, distinguí a dos gitanos: un hombre y una mujer. Supuse erróneamente que eran el hijo y la nuera de Ernestino que esperaba. Error. No entendía entonces qué hacían allí. Se lo pregunté y me contestaron que era "una visita de nostalgia". Yo no les reconocía pero tanto ella como él a mí sí. Ella era aquella niña menuda y flaca de 12 años, pero veinte años después y habiendo ganado algo de peso. Y él, su marido, el mismo joven que me inquietaba tanto verlo. Los dos muy felices. Me contaron que tenían un hijo en el instituto que era muy buen estudiante, que le gustaban las matemáticas, pero que este año flojeaba y ya no quería estudiar. Los dos intentaban animarlo para que continuara. Los profesores les decían que era el niño gitano más espabilado que habían tenido. Estaban orgullosos de él. Pili recordaba mis palabras amables cuando nos cruzábamos y yo me sentí reconfortado cuando me dijeron que eran muy felices.

Cuando se alejaban, desde la distancia, atónitos les observamos cómo acariciaban las puertas tapiadas de las casas ahora derruidas en las que hace ya más de veinte años vivieron, se conocieron y, tal y como nos confesaron, fueron muy felices. Me ha dado tanta alegría saber esto que me pareció que merecía la pena contarlo.

miércoles, 22 de julio de 2015

Fin de la emisión

Si estás leyendo esto, te recomiendo que busques algo más provechoso, porque hoy se cierra este espacio que inauguré en el mes de marzo de 2011. Desde la primera entrada de salutación que publiqué han pasado ya cuatro años y medio. El blog, sin tener por ello que dar más detalles, cumplió su función. Me quedan cosas por decir. Me había propuesto cerrar el círculo que en su día abrí; pero también me había propuesto hacerlo sin dañar ni molestar a nadie. Ahora no estoy seguro de poder continuar escribiendo sin herir el sentimiento de algunas personas o provocar malestar en otras. Lo que me queda por decir, quizás éste no sea el medio apropiado para divulgarlo. Antes de hacer daño o molestar a alguien prefiero retirarme. Hace algún tiempo, en otra plataforma de las redes sociales, anuncié que tenía la intención de desaparecer del mundo virtual y entregarme a otras actividades que me llenaran más, quizás más tangibles, más pegadas a la realidad (incluso anuncié algunas de ellas). Hoy he sentido la necesidad de culminar ese deseo, que lo he mantenido vivo desde entonces: el deseo de desligarme en cuanto pudiera de este intríngulis cibernético, plagado de "postureo" (una horrorosa expresión que he aprendido en esta andadura). Hoy puedo, y lo hago materializando de esta forma la despedida.

!Se acabó¡ Esta aquí hemos llegado. Ha sido un auténtico placer.


jueves, 9 de julio de 2015

La Real Academia Española y el carbono

Hace ya más de siete años que me dirigí a la Real Academia Española para sugerirles un cambio en su diccionario de la lengua. A los pocos días me contestaron que no sé qué comisión estudiaría el asunto: hasta hoy. Ni una palabra más. Desde entonces han renovado su diccionario y ya van por la 22ª edición. Y mantienen el mismo error. Esto quita las ganas a uno de seguir mandándoles sugerencias, sobre todo en el ámbito de las ciencias de la tierra y de la ingeniería. En estos temas los errores de definición y concepto del DRAE son proverbiales.

La sugerencia no atendida a la que me refiero es la que hice en su día a la definición de "carbono". El diccionario (22ª ed.) trae textualmente la siguiente: 

"carbono. 1. m. Elemento químico de núm. atóm. 6. Es extraordinariamente abundante en la naturaleza, tanto en los seres vivos como en el mundo mineral y en la atmósfera. Se presenta en varias formas alotrópicas, como el diamante, el grafito y el carbón [...]" 

Porque me interesa, he subrayado las palabras "elemento químico", "formas alotrópicas" y "carbón" con la finalidad de remarcar en primer lugar que el CARBÓN no es ningún elemento químico, como se puede desprender de la lectura del texto. El carbón es, como el petróleo (y como todo el mundo sabe), una roca. Por tanto, el carbón, al no ser un elemento químico, dificilmente puede ser una forma "alotrópica" de nada. Las formas alotrópicas del carbono son sólo algunas de las que se cita como el diamante y el grafito. Pero si la Real Academia quiere completar la lista (además de retirar la molesta intrusa) debería también incorporar el "fullereno". Lo que ya sería mucho pedir es que también tuviera en cuenta como forma alotrópica del carbono, que lo es, al "grafeno". A eso esperaremos a la corrección del diccionario que hagan en el siglo que viene.

Lo que a estas alturas, después de tantos años de protesta, no tiene ninguna explicación ni ningún sentido es mantener con contumacia y contra viento y marea que el carbón es una forma alotrópica del carbono. Esto es un ejemplo de lo que me refiero cuando hablo de un error de concepto proverbial: el verlo daña la vista.

martes, 7 de julio de 2015

Cuando Alemania locuta, causa finita

Acabo de conocer una noticia de alcance. La actual crisis de Grecia tiene una fácil solución. Y ésta ha sido desvelada a modo de revelación hoy mismo por la mañana por el ministro de finanzas alemán: "Todo depende de la decisión que tome el Gobierno griego", ha dicho. Schäuble conoce perfectamente y mejor que nadie cuál ha sido la respuesta mayoritaria dada por los griegos en el referéndum celebrado el pasado domingo. El ministro alemán ha realizado estas declaraciones nada más conocer que el Gobierno griego, tal y como se había comprometido, ha realizado una nueva propuesta para poner en marcha el tercer rescate, ya que el segundo finalizó con el resultado que todo el mundo conoce. El portavoz económico de Merkel también ha avanzado que la reestructuración de la deuda y de los plazos que pretenden los griegos no es posible. Alexis Txipras ya tiene la respuesta. Sin anestesia. Sin necesidad de esperar a que se reúna el Eurogrupo, FMI, etc. No es necesario ni videoconferencia. NO. ¡Cuando Alemania locuta, causa finita!
El Eurogrupo, las videocoferencias, el FMI, etc. no son más que lugares comunes en los que Alemania reúne a la prole para darle las instrucciones precisas. ¿Qué posición debe adoptar Portugal o España respecto a las nuevas propuestas griegas? Espérense, hombre, a que el ministro Alemán haga unas declaraciones en clave interna o a que convoque una videoconferencia. No sean ustedes impacientes. Ya se les dirá lo que tienen que hacer (y decir).
Aquí cada vez está más claro cual es papel de Alemania como señor feudal y el del resto de los estados integrantes de esta ficticia Unión como vasallos. Esta Unión Europea no es un consorcio de socios iguales, es una relación feudal de vasallaje, en la que uno dispone y los demás obedecen.
Schäuble se lo ha dicho bien claro hoy a los griegos: "todo depende de ellos". Es decir, de si aceptan o no la rendición incondicionalmente. Esa es la única decisión que deben tomar. Y entonces habrá tercer rescate o lo que es lo mismo un nuevo paquete de deuda, recortes y obligaciones para los griegos. ¡Planazo!

miércoles, 1 de julio de 2015

El politiqués

Solamente ganaron cuando sus rostros no eran conocidos y sus nombres se perdían en una lista encabezada por un hombre del pueblo, cargado con una mochila de ideales. No tardaron en aprender el oficio. Llegaron para quedarse. Sustituyeron, no siempre de la mejor de las maneras, a los que les precedieron. No les dolieron prendas a la hora de acuchillar a los que les abrieron camino, para hacerse sitio entre las telas del poder. A diferencia de los primeros estos venían desprovistos de mochila de ideales, pero traían las alforjas vacías, dispuestos a llenarlas. Y las llenaron. Durante más de treinta años hemos soportado sus caras en todos los carteles electorales. Da la impresión de que si no existieran ellos no habría democracia, aunque es justamente al revés: su insistencia en mantenerse al timón y considerarse los timoneles es la que ha terminado casi por hundir el barco y por deteriorar la democracia. En treinta años no han aportado nada. Ni una idea. Ni una sola propuesta que haya mejorado la vida de sus conciudadanos. 
Cada día que pasa resulta más insoportable su presencia, pero no se dan por aludidos. Ellos no se van.  Pero, adónde habrían de irse, si no tienen otro oficio y todavía no han llenado las alforjas. Lástima de país. Lástima de nosotros. Sólo cuando terminemos con los políticos profesionales: los que llevan en las instituciones 30 años o en la dirección de los partidos otros tantos, se abrirá el cielo, surgirá un rayo de luz y este país empezará a tener una esperanza. Hasta entonces que nadie espere nada. Estos que nos gobiernan son de otro planeta, no hablan nuestro mismo idioma. Hablan el politiqués: un dialecto que sólo ellos conocen y dominan, que se aprende por transmisión oral de padre político a hijo político.

lunes, 15 de junio de 2015

Un Guernica en Ourense

La obra de la que hablo se pintó allá por el año 1979. Yo tenía 15 años. La inspiración nos cogió a todos en la Universidad Laboral de Ourense. No recuerdo bien de quien fue la ocurrencia; pero sí quién dirigió la operación: un compañero de nuestra misma edad que tenía unas asombrosas habilidades innatas para el dibujo y la pintura. Un buen día, los seis compañeros que compartíamos la habitación 204 del Ribeiro, nos levantamos decididos a pintar un GUERNICA a tamaño original. Decidimos conjuntamente la estrategia que debíamos seguir. Planificamos el trabajo. Nos aprovisionamos de más de ocho metros de papel de estraza y de las pinturas necesarias para embadurnarlo. Para ello, hicimos una "recolecta" entre todos los alumnos, con el satisfactorio resultado de una enorme caja de pinturas de cera (nadie nos preguntó cómo las habíamos conseguido y a nosotros tampoco nos interesó desvelarlo). El papel lo compramos a escote en una galería de Ourense.




Izquierdo (creo recordar que ese era el apellido del compañero) dibujaba al carboncillo el primer boceto, iniciaba con trazos firmes el dibujo con la silueta que debíamos colorear y nos daba instrucciones de lo que debíamos hacer todos los demás. El resultado fue sorprendente: una impresionante reproducción del cuadro de Picasso, con un asombroso parecido al original.

La ejecución nos llevó varias tardes. La obra también trajo algunos daños colaterales. Las yemas de los dedos con las que difuminábamos la pintura de cera quedaron enrojecidas y afectadas. El trabajo lo ejecutamos sobre el suelo.

Lamentablemente disfrutamos poco de nuestra genial obra. La dirección del Colegio quedó igualmente impresionada y hasta donde supimos fue inmediatamente traslada a la Universidad de Vigo. A partir de ahí  le perdimos la pista.

La obra que aparece en la foto no es la misma. Esta está realizada sobre madera y no sobre papel como la nuestra. La ordenanza de la Universidad Laboral de Ourense, sobre cuya pared de la entrada cuelga, nos dijo que había sido realizada hace muy pocos años también por los alumnos, bajo la dirección de una profesora "muy buena" de Plástica.

¡Cuántos recuerdos se agolparon en un sólo instante al entrar nuevamente en la laboral de Ourense!

sábado, 30 de mayo de 2015

Ten siempre en el corazón la idea de Ítaca

Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.

A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al irritado Poseidón no temas,
tales cosas en tu ruta nunca hallarás,
si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.

A los Lestrigones y a los Cíclopes,
y al feroz Poseidón no encontrarás,
si dentro de tu alma no los llevas,
si tu alma no los yergue delante de ti.
Desea que el camino sea largo.

Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios.
Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Ítaca.
Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan.