jueves, 12 de septiembre de 2019

Farfolla

Recuerdo una anécdota que hace muchos años el protagonista me contó haber vivido con el alcalde de Madrid, el viejo profesor, Enrique Tierno Galván. En una ocasión el alcalde invitó a dar una conferencia a un conocido escritor, que por elemental cortesía omitiré su nombre, aunque a él no le hubiera importado que lo diera porque lo único que le interesaba era "hablar de su libro". Al finalizar la conferencia, conociendo la personalidad del eximio juntaletras, el alcalde ordenó a un colaborador que le entregara un sobre que contenía el dinero de la gratificación económica; pero puntualizó: "Antes de entregárselo, doble usted los billetes en el sobre y ciérrelo, así el conferenciante, al menos por unos instantes, al meter el sobre en el bolsillo y tocar lo abultado del paquete, creerá que su gratificación es superior a la real". En definitiva, la estrategia del alcalde era la de hacer creer que la "cosa tenía mucha apariencia", cuando en realidad tenía "muy poca entidad". Eso es justamente lo que se puede definir con el término "farfolla", que da título a esta entrada.

De aquel suceso han pasado cerca de 40 años; pero el uso de la farfolla hoy es más actual que nunca. Basta asomarse a cualquier red social para experimentarlo.

En este sentido, a mí me llaman especialmente la atención algunas felicitaciones de cumpleaños que se envían a través de conocidas redes sociales. Uno se puede limitar a "felicitar" al otro con más o menos pasión, en función del grado de cercanía y amistad que se tiene (si es posible discernir virtualmente esto); pero algunos mandan unos sofisticados emoticonos con movimiento  y efectos especiales que simulan, por ejemplo, la entrega de un ramo de flores. Lo más sorprendente de todo se produce cuando leo que el receptor de la felicitación agradece efusivamente el "ramo de flores". ¿Qué ramo de flores?, me pregunto yo. Y me sigo preguntando, ¿no sería más apropiado enviar un ramo de flores o una tarjeta de felicitación "real", escrita a mano, a la dirección postal de nuestro amigo? Indudablemente esto supondría un coste económico muy elevado para aquellos que poseen cientos de amigos en las redes sociales y pretendiesen felicitar por su santo o su cumpleaños a todos ellos, pero también serviría para valorar el coste de la amistad o, por el contrario, para ser conscientes de que en realidad uno no dispone de tantos amigos como parece.

Antes, en tiempos del viejo profesor, con anterioridad a la aparición de las redes sociales, la farfolla tenía una vida corta. El afectado, en muy poco tiempo se daba perfecta cuenta que la cosa tenía mucha apariencia, pero poca entidad. Nuestro eximio escritor, al abandonar la casa consistorial en la que dio la conferencia y pocos minutos después de haberlo recibido, al abrir el sobre que contenía la gratificación económica, fue plenamente consciente de la realidad de lo que se le entregaba y en cuánto se valoraba su talento.

Hoy esto es más difícil de ver. En mayor o menor medida, todos hemos aceptado en nuestra forma de relacionarnos el "postureo". Esa expresión tan horrible sobre la que ya escribí en estas mismas páginas. La sociedad nos ha obligado a mantener este tipo de actitudes amables frente a personas que a pesar de que no conocemos mantenemos con ellas una fluida relación virtual. A algunas de estas personas es posible que nunca las lleguemos a ver físicamente, sin embargo hemos establecido con ellas una conexión personal de tal grado que nos hace creer que son amigas de toda la vida. Más aún se llega a idealizar esa amistad y esta forma de relacionarse, justamente porque no nos cuesta nada. Todo lo que en esa relación se produce es satisfactorio y amable. Oímos palabras que nos reconfortan, amables y bellas. Aún sin conocernos exaltan todos nuestros talentos y destacan todas nuestras virtudes. No existen los defectos.

Este tipo de relación virtual no tiene los inconvenientes de la tradicional. Por ejemplo, cuando uno se aburre del amigo virtual se desconecta. Se pone una disculpa del tipo, "debo planchar" o mejor aún, "me voy a duchar y mientras lo hago pensaré en tí". Con un amigo virtual uno nunca se aburre. Tampoco sufre las consecuencias de los rigores que impone a nuestro cuerpo el verano. No olemos mal ni es necesario exigir a nuestro amigo puntualidad en la cita o decoro en el vestir. Todos son ventajas. Evitamos los inconvenientes del bis a bis. Solo hablamos cuando nos apetece, de lo que nos apetece y si nos apetece: sin compromiso. Todos somos muy conscientes de lo muy atareado y ocupado que está el otro. Por eso somos respetuosos con su tiempo y su espacio. Le decimos, "no sabes cómo te entiendo, a mi me pasa igual, no doy abasto en el trabajo". Y aceptamos la amable recomendación que siempre nos hacen sobre la necesidad de descansar y relativizar el tiempo de trabajo. A lo que contestamos agradecidos, "ya lo sé, cielo, lo que pasa es que en esta oficina el único que curra soy yo". Toda esta comunicación, por supuesto, se produce en horario laboral, porque fuera de él las tareas nos siguen ocupando mucho más.

Cuando no estamos conectados, cuando no aparece el puntito verde en nuestro pc o en el móvil, el resto del tiempo lo dedicamos a nuestra aburrida vida cotidiana. Soportamos los olores de verano que desprende nuestra pareja, le recriminamos el desaliño de la vestimenta, le exigimos que se lave los dientes, que colabore un poco más en las tareas domésticas y, desde luego, nos duchamos sin pensar en él. Poco importa que ese día nos haya traído un enorme ramo de flores por nuestro cumpleaños, porque es el quincuagésimo primero que recibimos. Los cincuenta anteriores se anticiparon al mandarlos a través del Facebook y del Wp, algunos de ellos meritorios y realmente espectaculares, auténticas obras maestras de ingeniería cibernética. !Qué detallazo el de los amigos virtuales¡

!Jolines¡, no lo esperaba, por eso antes de salir de la oficina he tenido tiempo para poner en el Facebook un agradecimiento general en el que digo que "hante la abalancha de felicitaciones de cumpleaños que e recivido y hante la himposibilidad de contestar personálmente a todas y cada una de ellas quiero agradeceros desde aqui a tódos los que hos haveis acordado de mí este día". Esta frase es redonda y me queda siempre estupenda, por eso la copio de un año para otro.

Cuando mi pareja me recriminó por la noche no haberle agradecido su ramo de flores, le tuve que recordar: ¿qué pasa?, ¿es que tú no lees mi Facebook? ¿Ves por qué te digo que siempre andas a tu puta bola y no te preocupas de mí?

lunes, 2 de septiembre de 2019

Nostalgia

Hace poco más de un año tuve un sueño que entonces viví como si fuera una auténtica realidad. Ya se sabe, a los ingenieros nos interesa mucho y nos empeñamos en convertir las ideas, los pensamientos y los sueños en algo tangible: en una cosa, en una realidad palpable. El sueño apenas duró cinco meses, pero fue tan intenso que todavía hoy puedo saborear y vivir de su recuerdo. Un dulce sabor a melón fresco en el solsticio de verano. Mientras duró, los días eran de 48 horas y no había horas suficientes en el día para que lo diese por terminado. Siempre me quedaba un detalle más que añadir para perfeccionarlo. No quería que acabase nunca el día, porque notaba cómo a cada minuto iba ganando terreno al sufrimiento. Como un jugador de tenis, restaba con mano firme y segura el servicio de cada bola que me enviaba envenenada la tristeza. Cada amanecer lo celebraba como el inicio de un partido que estaba convencido que iba a ganar. Prolongaba el día con las noches de vigilia. Todo esfuerzo era bienvenido y necesario. Fueron días azules vividos con la alegría de la núbil inocencia. 

Como digo, apenas fueron cinco meses, pero puedo asegurar con rotundidad que conseguí transformar aquel sueño en algo real. Se produjo el milagro.

El despertar no fue fácil: primero vino el lamento por mi cruda suerte al son de la melodía de Handel: “Lascia ch'io pianga/Mia cruda sorte” y después la voz del poeta de aquellos que no tienen ni voz ni apenas esperanza me señaló el camino: “Lloro ángel mío como un caballo joven que huye de su sombra, lloro bajo el palio púrpura de la núbil inocencia, también por los sueños que no tuve y que ya nunca sabré, porque todo se ha envanecido y me cavila y lo divulgo, lloro sobre esta época y su dulcedumbre pero tú no me escuchas, pero tú me habrás olvidado ungida por lo dócil y el efímero esmero de las giganteas fragantes”.

Hoy todavía me queda el recuerdo húmedo de aquellas lágrimas; pero también el de la fragancia y el olor a melón fresco y sobre todo la alegría de haber conseguido hacer realidad, aunque solo fuera por un corto espacio de tiempo, un sueño.

Tener conciencia de ello me ha hecho más ingeniero, más humano y mejor persona. Hoy lo recuerdo con nostalgia.